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Algo sobre la muerte del Ingeniero Vázquez

Español

Naciste dos veces, según los papeles, y una tercera, según tú, en el 37, y nunca supimos cuál era la verdad porque hasta tu edad la convertiste en secreto, en herencia, en chiste que compartíamos como quien se pasa una moneda antigua sin saber cuánto vale. Tenías bigote siempre. Nunca te vi sin él. Gafas trifocales, dedos que la artritis dejó a medio cerrar, firmando un sí que ya no terminabas de decir, y aun así decías que sí a todo el que llegaba con una computadora rota, con una taza que querías grabar con su nombre solo porque se te ocurrió, porque eras así, inventor de gestos que nadie pedía. Sonaba jazz en tu casa como sonaba tu terquedad, de fondo, siempre, necesario. Bebías tu agua de guayaba espesa, casi atole, casi cariño líquido, y ya casi no comías, papá, por necio, por enfermo, por los dos. Caminabas la Ciudad de México sin mapa, sabías dónde cambiaba de nombre cada avenida, cómo llegar a cualquier lado sin pedir ayuda, como si conocer la ciudad entera fuera tu manera de no perderte nunca, aunque después, en lo demás, sí te perdías. Y entre todo eso, entre las cadenas que reenviabas sin parar, ángeles cada nueve minutos, un país que se caía en mayúsculas, a veces, solo a veces, aparecías tú: No te preocupes, hijo mío. Tres palabras entre cien reenvíos, y yo las guardaba como quien guarda oro entre la basura. Me escribiste una vez a El Cairo, estoy orgulloso de ti, con una falta de ortografía, y te reíste de tu propio error, y yo te dije que te faltaba una letra, y tú dijiste qué desmadre, jojojo, y ninguno de los dos sabía que esa risa también se iba a acabar. En junio te abracé fuerte. Te dije cuánto te amaba, cuánto orgullo sentía de ser tu hijo, y tú, que casi nunca decías las cosas de frente, me las dijiste de frente, las mismas palabras, sin corregir nada, como si llevaras toda la vida guardándolas para esa puerta exacta. El 23 de mayo mi hermana me llamó y no sé qué hora era en México, solo sé que yo no estaba sobrio y que afuera llovía tan poco que no sentí una sola gota mientras subía a un Uber sin terminar de entender que te habías ido. Toronto me guardó unas horas en una silla que no miraba a nadie. No lloré ahí. Doblé el grito, pequeño, como tú doblabas todo lo tuyo dentro de un motor, de un cable, de algo que se pudiera arreglar en vez de sentir. Alguien te acomodó las manos después de encontrarte, para que se vieran en paz y no en el instante exacto en que dejaste de estarlo. Tus últimos mensajes fueron tan tú: te extraño mucho. Después, solo un mhhh. Después, un dia antes, un HOOLAAAAA con mayúsculas de siempre, un video que nunca abrí y que sigue ahí, sin abrir, esperando que yo apriete play. Ya no quiero gritar en los aeropuertos. Ya no quiero pelearme con la palabra paz solo porque llegó demasiado rápido. Quiero, en cambio, decirte esto, papá, aquí, sin traducir nada: sigo tus calles sin querer, las de Dublín en vez de las tuyas, pero las camino igual, sin mapa, como me enseñaste sin enseñarme. Digo Ingeniero antes de mi nombre y algo en el pecho todavía espera que te rías de eso. Te dejo ir, papá. No porque ya no duela, sino porque por fin entendí que dejar ir y seguir queriendo no son cosas distintas. Buen día, pa. Descansa, pa. Las mismas dos frases de siempre, ahora dichas al revés, ahora dichas por mí, para ti, hasta que un día no me haga falta decirlas para saber que las oyes.