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De los pies y el piso que no es mío
Español
Nadie te advierte que los pies también tienen memoria, que guardan la forma exacta de un piso caliente, el polvo de una calle que ya no pisas, la costumbre de un suelo que subía hasta la piel como si la tierra misma quisiera reconocerte.
Aquí el piso es otro. No peor, distinto. Frío de una manera que no se aprende, se soporta. Y camino sobre él con los mismos pies de siempre que ya no saben, del todo, en qué idioma pisar, que arrastran, bajo la suela, un mapa que nadie más ve, un norte que no es el norte de nadie más en esta calle.
Dicen que avanzar es cuestión de perspectiva, que el que camina no se estanca, que el que se queda tampoco, que hay quien construye raíces caminando y quien se ahoga aunque nunca se mueva del mismo lugar. Yo ya no sé si avanzo o si solamente he aprendido a moverme sin llegar, como quien pisa una banda que camina sola y confunde el movimiento del piso con el propio.
Aquí llueve con un idioma propio también,
una lluvia mansa que tampoco pide permiso,
solo que cae más gris, más resignada, más de siempre, y las gaviotas gritan sobre los tejados
como si supieran algo del mar que yo aún no aprendo, algo de estar cercado de agua por todos lados y no poder, aun así, beber de ella, de ser isla sin haberlo decidido, de enterarte, con los años, que siempre lo fuiste, incluso antes de conocer el mar.
Extraño un sol que no pedía permiso para entrar por la ventana. Extraño una lengua que no tenía que traducir el pecho antes de salir, palabras que no le pedían pasaporte a lo que sentía, un idioma que no me quedaba grande ni chico, que era, simplemente, mío. Aquí hablo bien. Aquí me entienden. Y aun así hay una sílaba, siempre, que se queda atrás, parada en otro piso, en otro país de la boca, esperando que alguien más la reconozca sin que yo tenga que explicarla.
Perseguí un sueño. Eso dicen que hice, y quizás sea cierto, quizás lo perseguí de verdad, con los pies, con el vuelo, con todo lo que dejé atrás para alcanzarlo. Pero nadie avisa que a veces el sueño, una vez alcanzado, se da la vuelta y empieza a perseguirte a ti, que hay noches en que no sé quién de los dos va corriendo detrás del otro, si yo detrás de lo que quise ser o eso que quise ser detrás de mí, respirándome en la nuca, recordándome el costo.
Y he pensado, más de una vez, en la peor de las horas, que quizás la soledad no la trajo el avión, que quizás ya estaba, agazapada, desde el origen, mucho antes del vuelo, mucho antes del piso frío, mucho antes de que hubiera otro país al cual culpar. Que quizás uno puede sentirse ajeno incluso dentro de su propia piel, incluso dentro de su propia lengua materna, incluso parado en el piso exacto donde nació, y que el mapa nunca fue el problema, que el extranjero, a veces, no cambia de país, solamente cambia de espejo donde no reconocerse.
No sé si algún día estos pies se acostumbren del todo. No sé si un piso puede llegar a ser tan tuyo como aquel que dejaste sin decir que lo dejabas para siempre. Pero sigo de pie. Eso, al menos, es mío: esta forma terca de sostenerme sobre un suelo que no me debe nada, sobre una tierra que no me pidió que llegara pero tampoco me ha pedido que me vaya.
Camino. No hacia adelante, no hacia atrás. Solamente camino, que ya, a estas alturas, también es una forma de quedarse.